Caminaban. Sin más. El parque parecía contener el aliento aquella noche y los ramajes de los árboles tejían una filigrana negra sobre sus cabezas. El corazón de ambos latía con fuerza, con mucha fuerza.
-¿Existe la magia?- inquirió él, al fin.
Ella sopesó la respuesta mientras alzaba la mirada. La luna era una media sonrisa de plata que parecía susurrarle la respuesta. Suspiró:
-Depende de lo que consideremos como magia. Existe energía: la energía que hace que dos células puedan transformarse en un ser humano; la energía que hace que una semilla se convierta en un árbol floreciente. Podríamos llamar a esa energía… magia.
-Pero lo que nos ocurre a nosotros… es distinto, es especial… Es un regalo.
-Me da un poco de miedo –admitió la muchacha.
Se miraron a los ojos.
Uno era el espejo del otro.
Uno se reflejaba en el otro.
Uno era otro.
Eran… UNO.
Eran magia.
Magia
•Agosto 2, 2008 • 3 comentariosFelina
•Julio 28, 2008 • 7 comentariosMaúlla la gatita solitaria entre las lápidas del cementerio. Aparece cada noche de entre las brumas como un espectro y lo recorre a la velocidad de la luz. Se desliza. Qué mórbido es su pelaje de ébano, lustroso bajo el plenilunio. A veces creo que está hecha de tinieblas. Sus ojos son dos esmeraldas llameantes, malignas, que me observan con atención y no me pierden de vista.
Yo permanezco inmóvil en mi habitación al amparo de las mantas, avistándola desde la claraboya.
La felina se ríe de mí y cautelosa salta hasta el panteón de los Deveraux, dejándose arrullar por las caricias ambarinas de las velas.
Entonces sólo atisbo humo fantasmagórico: su sombra proyectada sobre las tumbas. ¡Zas! En un relámpago la silueta de la gata cambia hasta adoptar la figura de una esbelta joven… que se desvanece.
Nunca se lo cuento a nadie. Soy sólo una niña que cree en tonterías.
Mas debo admitir que cuando al alba la institutriz nos despierta a mis hermanas y a mí, el corazón se me encoge: su cabello de azabache es sedoso y brillante, sus ojos arden con fuego verde. El aya se ríe de mí… y no me pierde de vista.
“Felina” (microrelato gótico)
© Cristina Alonso. Todos los derechos reservados.
La Torre de Marfil
•Julio 23, 2008 • 8 comentariosColosales. Las murallas alzaban su mirada al cielo hasta rasgarlo; trazaban la forma de una enorme serpiente de hielo que se mordía la cola y, en un círculo perfecto, cercaban la Torre de Marfil donde habitaba la Princesita.
Contaban las leyendas que ella nunca abandonaba su gélida morada y que contemplaba el mundo con recelo y pavor. Había presenciado maldades tan atroces que le horrorizaba el contacto con aquellos bárbaros que destruían almas, corazones y vidas.
Estaba sola y no deseaba compañía.
Los locos que habían osado acercarse no habían encontrado más recompensa que una muerte lenta y agónica entre las mil y un trampas que la Princesita había desperdigado en torno a su Torre: el Foso de Aguas Heladas, las eternas Murallas Congeladas, las Agujas de Hielo, la Lluvia de Témpanos, el Laberinto de las Nieves…
Y desde hacía años nadie había estado tan mal de la cabeza como para aproximarse a semejante lugar.
Pero un día el carmesí de la sangre volvió a teñir el camino blanco hacia la Torre de Marfil. Era un reguero constante que denotaba el ahínco con el que alguien trataba de llegar hasta la Princesa.
Con todo ella no se preocupaba.
Nadie podía penetrar en sus dominios.
Nadie estaba dispuesto a atravesar tan tortuoso camino.
Y no obstante, quienquiera que fuese seguía imparable; ajeno al dolor combatía cada prueba, cada trampa, cada embestida con la fuerza de mil héroes y no estaba amedrentado.
Transcurrieron días y noches, semanas y meses, y el aventurero no claudicaba.
Y así, durante el tercer crepúsculo del tercer mes, la Princesita escuchó pasos que se acercaban: alguien estaba ascendiendo por las escaleras de su Torre. Confió ciegamente en que los escalones infinitos acabasen con la paciencia y las fuerzas de aquel entrometido.
Pasó una hora. Dos. Tres.
Los pasos continuaban y se oían cada vez más próximos.
De súbito las puertas de la alcoba se abrieron de par en par y la luz inundó la sala en penumbras, cegando por unos segundos a la Princesita.
Era un joven alto, de cabellos castaños y expresión sincera. Estaba deshecho y agotado. Sus ropas, rasgadas y teñidas de un ominoso rojo oscuro. En cualquier momento se vendría abajo… sí… en cualquier instante…
Mas no fue así. Una fuerza sobrenatural latía en su mirada. Eran los suyos unos ojos cálidos, protectores y enérgicos que podrían derretir un planeta entero de icebergs.
La Princesita, desesperada, se dejó caer sobre el suelo de mármol frío, desparramando a su alrededor las sedas áureas de su vestido. Finalmente se atrevió a preguntar con el corazón latiéndole con fuerza:
-¿Vienes a destruir mi mundo como hicieron cuantos llegaron aquí?
El joven se acercó a ella y le tendió una mano. La Princesita no la aceptó; él no la retiró, no obstante.
-No-sonrió. Su voz era suave y reconfortante.
-¿Vienes a obligarme a salir, quieres azuzarme contra los bárbaros de ahí fuera?
-No-repitió el chico con sencillez.
La princesita parpadeó en un intento por contener las lágrimas:
-¿Quién eres y qué quieres entonces?
El muchacho le tomó la barbilla para mirarla directamente a los ojos y ella quedó atrapada en su inmensidad, en su fuego, en su aire juguetón:
-Soy el Guardián de tu Felicidad y Te Quiero a ti.






